Viejito, soy tu cosecha.

Imagino una fotografía polaroid en la mano, puedo sentir como mis manos acarician el inconfundible material, puedo ver las imágenes, con un color un tanto borroso, corrido, y ligeramente desenfocado, puedo ver en esa foto a un niño, con el ceño fruncido, o por el sol, o porque sencillamente recién terminaba de hacer un berrinche, de aquellos que a esa edad son tan frecuentes, el enano de no más de 4 años, ese soy yo, y aparezco timidamente, como escondiéndome  por detrás de las piernas, de un joven y orgulloso hombre, un increíble ser humano, y un respetable y entrañable amigo, ese personaje es mi padre, con esa mirada siempre sincera, totalmente respetable, con fuerte caracter sin dejar de ser dulce y tierno, con esa capacidad increíble de razonar y explicar el por qué de las cosas, sin dejar de ser sencillo, ese amor por la vida, y por todo lo que nos rodea sin dejar de ser objetivo; esa foto con la imagen casi borrosa, debido al incesante paso del tiempo, cada vez que la veo, la carga emotiva es más fuerte, tal pareciera que en la medida que va desapareciendo del papel, se va instalando en mi alma, en mi corazón en mi vida completa, como un tatuaje, como una raíz en un frondoso y hermoso árbol, lleno de vida.

Esa foto, esa imagen, esos recuerdos, me visitan día con día, pero hoy, principalmente hoy, me hacen recordar al ser humano, al hombre, al viejo, al amigo, a ese increíble ser que me dejó la herencia más grande de mi vida, ese herencia de respeto, de amor hacia la vida, de cariño a los amigos, de perdón al enemigo, de poder decir, cuando las cosas no van tan bien, ¡No le hace!, ¡Seguimos vigentes!, ¡Nada nos detendrá!.

Ese gran hombre siempre será mi orgulloso Padre. Pues si viejo, no quisiera entristecerme, para que no lo veas desde dónde te encuentres mi viejito, no quisiera llorar para no perturbar tu tranquilidad, trato de sonreír, pero con cada intento de hacerlo, una lagrima asoma en mi mejilla, perdón Diego, pero se nos olvido, platicar de como hacer, cuando nuestra alma esta triste, y a la vez debemos sonreír, siempre me decias, un alma buena, no puede sonreír cuando quiere llorar, pero si puede llorar cuando está feliz; me haces mucha falta, y siempre me vas a hacer falta, hasta que llegue el momento de reecontrarnos, siempre que llego a casa, te busco en tus rincones favoritos, en tus libros, en tus cosas, te hablo, pero sólo me responde el silencio, cuando llego y corro a buscarte para compartirte algún logro, algún éxito, las buenas causalidades en mi vida, es cuando me cae el veinte que, ya partiste, ya no estas, tu sofá está vacío, dolorosamente tu no estas, te encuentro, trato de imaginar tu presencia, tu olor, tu ¡Aquí estoy mijo!; un fuerte y triste sentimiento invade mi ser, trato de abrazarte, pero termino acariciando mi hombro, ese mismo, que un día acariciaste y le diste palmadas, para animarme y reconfortarme.

Cuando estoy con mis amigos y hago alguna broma, y derepente y sin darme cuenta, me veo haciéndola, y me digo, ¡Son tus bromas viejo!, y es la misma manera como hiciste reír tantas veces a tus amigos; la implacable tristeza vuelve a llenar mi espíritu, que extraño demasiado ese abrazo del padre, ese abrazo reconfortante, esas palabras siempre prudentes, esos consejos siempre oportunos, cuando te llego a visitar a tu tumba, siempre digo al llegar, gritando con el silencio de mi alma, ¡Ya vine viejito!, pero sólo puedo escuchar el viento colándose por entre las ramas de los árboles, y las hojas, crujir en el pasto, no te escucho, no te veo, pero te siento en mi alma, en mi vida, en mis decisiones, en mi cariño y en todo lo que realizo.

Este día, siempre fue una gran celebración en casa, te recuerdo impaciente, corriendo hacia la puerta en cada momento, para recibir a cada uno de tus hijos que llegaba, esa alegría, ese colorido festivo en el ambiente, tu siempre organizado, puntual, colaborador, y teniendo bajo contról todo, siempre; recuerdo la emoción con la que iba a buscarte tu regalo, recuerdo siempre tus gustos para vestirte, recuerdo perfectamente tu talla, ya que siempre fuimos la misma talla, en pantalón, en camisa, en zapatos.  Afortunadamente, siempre le atiné a tus regalos, bueno, espero que siempre haya sido así, hhhmmm aunque recuerdo una vez que te regalé, un suéter, esa vez fallé ya que en la tienda equivocaron la talla, por uno muchísimo más grande, y me decías ¡Mijo, no le hace!, y fue divertido porque parecias que ibas a alzar el vuelo, recuerdo como nos reímos ese día, pero al día siguiente todo se solucionó.

Bueno, mi recordado y extrañado viejito, hoy tu silla estará vacía, hoy te digo entre dientes, ¡Feliz día del padre!, pero sólo logro que me responda el silencio, y un fuerte y agudo sentimiento de dolor en mi alma, que lo pone en evidencia mis lagrima que como en cadena asoman una tras otra, esos regalos que un día disfrutamos juntos, ese momento de probarte los zapatos, la ropa, y disfrutar de la sorpresas y de abrir los empaques vistosos y acordes al día de padre, hoy se han convertido, en las flores que llevo a tu tumba, acompañadas de mis plegarias; y  el brillo del rocio en las flores, ese que una vez nos maravilló y admiramos juntos;  ese rocio se ha convertido en mis lagrimas, esas que te dicen, te extraño, me haces mucha falta, pero que a la vez, sabiendo que no estas en vida conmigo, no me queda más que agradecerte con todas las fuerzas de mi alma, por la herencia invaluable de haberme enseñado el camino correcto de la vida, el amor por la misma, y ante todo compartirme el secreto y las enseñanzas para poder vivir sencillamente como un “Ser humano”, con todas las características que ello conlleva.

Gracias por mis primeras lecciones de vida, y enseñarme la avismal diferencia entre casualidad y causalidad, gracias por haber sembrado en mi, la semilla del respeto por la vida, y por los demás, gracias por haberme dado el secreto de como aceptar a las personas tal como son, gracias por haberme dado las lecciones de que a las personas que queremos, debemos influenciar persuadiendo, y jamás irrespetándolas imponiendo, y te lo agradezco, porque ya podemos levantar juntos, esa cosecha, lamentablemente ya no pudiste ver los frutos de la cosecha, pero dónde quieras que te encuentres, podrás ver, lo grandioso de la ésta, y que todo, absolutamente todo, lleva tus características y sello personal, y puedo presumir que he sido tu destacado alumno, tu emocionado pupilo, tu orgulloso hijo,gracias por darme el regalo de la vida, soy tu sangre, soy tu vida, soy tus consejos, soy tus lecciones, orgullosamente soy tu cosecha ¡Gracias Papá!.

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3 pensamientos en “Viejito, soy tu cosecha.

  1. Què hermoso mensaje Raùl. Dichoso que tienes a tu Padre. El mìo partiò hace ya treinta y cinco años y no me acostumbro a su ausencia. Gozàtelo y por favor un abrazo en mi nombre. Muchas Bendiciones para tì y tu Hogar,

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  2. Sabes, me has hecho pensar en mi papá. Siempre orgulloso de sus hijos, no había fin de semana que no fuéramos a “echar un pazazo” (nadar)… a pesar de que algunas veces no había dinero, lográbamos divertirnos como locos… Mi papá… Que bendición tenerlo, la vida nos cambio los planes, pero aun seguimos siendo muy unidos, aun se siente orgulloso de sus hijos, aun podemos platicar de cosas que la mayoría de hijos no platica con los papás, y aun nos anima a ser los mejores…

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