La carreta roja de Sebastián.

Suena la campana, y el escándalo de todo el colegio, anuncia que es hora de salir al recreo, empujones, relajo total, pelotas rebotando, los zapatos que suenan apresuradamente y se escuchan en total desorden.  El maestro que trata de poner orden, la mayoría de las veces inútilmente. Salgo corriendo en grupo y lo primero que buscamos es la carreta roja de Sebastián, el es un hombre alto, corpulento, ataviado con playera blanca, pantalón oscuro y caites, evidentemente proveniente de tierra fría, todo el tiempo mal encarado, siempre acompañado con un pequeño radio que colgaba de un extremo de la carreta, en el radio, ¡Jaaa!, sólo salían aparentes voces, pero jamás logré entender que decían, en fin no es lo que me interesaba de aquella carreta vistosa. Con el griterío de los niños pidiendo todos a la vez,  en más de una ocasión, lográbamos desesperar a Sebastián y enojarlo, bueno, les aseguro, que no había que hacer mucho trabajo, para lograrlo; y  se quedara de brazos cruzados, viéndonos seriamente, remedio suficiente para callar a los escandalosos enanos.  Luego de pasar ese rato, y pedirle ordenadamente, el seguía fielmente las instrucciones de lo que se le compraba. En la carreta se podía encontrar, Mango, coco, pepino, rábanos, maní, habas, naranjas que eran la exclusividad, y por supuesto todo era condimentado con sal, pepitoria molida, chile cobanero y suficiente jugo de limón;  lo que se le compraba, lo ponía en las bolsas plásticas aproximadamente como de un cuarto de libra, a excepción de las naranjas, que luego de pasarlas por aquel artefacto, que siempre lograba desconcentrarme de mis travesuras y darme un estate quieto, al quedarme embebido viendo como prensaba una naranja, luego le daba vuelta a una manecilla, y ésta sin fallar empezaba a tallar la naranja, como si la cáscara fuera una gran correa que la vestía, y eso para mi, era sencillamente impresionante, fascinante y entretenido. El resto de las frutas, esas si iban a las bolsitas que les comenté, siempre me gustaron todas, ah, pero una de mis favoritas y cuando lo recuerdo, se me hace agua la boca, es la carnaza de coco, desde siempre conocí a la parte blanca del coco, con ése nombre;  recuerdo que la carnaza la partía como en julianas, o tiras de regular grosor, y luego a la bolsa, ya en la bolsa ls bañaba con bastante jugo de limón, pepitoria, sal y chile. Recuerdo que nos pegábamos unas enchiladas, ah eso si,  y sin haber visto esos documentales que ahora presentan algunos canales, relacionado con ¿Qué es lo más efectivo para quitarse el picor?; nosotros los niños, por prueba y error, descubrimos un doble placer, al comer los helados de crema y pasas de Doña Martita, en la tienda Esmeralda.  Ya que al terminarnos el coco que nos dejaba completamente enchilados, corríamos velozmente, y el único sonido es el que los labios y lengua hacían a la vez, como quejándose de la gran enchilada que nos habíamos pegado, luego el heladito, amarillo intenso, como una mini cubetita, y asomándose tímidamente algunas pasas, el placer del helado, sumado a quitarme inmediatamente lo picante, era un doble placer, que por nada del mundo podía abandonar. Qué recuerda usted de sus recreos cuando era escuelero, lo invito a que atrape el link de esos recuerdos, ingrese, trate de recordar los olores y sabores, y tráigalos al presente, le aseguro que experimentará sorpresas muy positivas y agradables para su vida, ¡Así es la vida!, les comparto una imagen de lo que les platiqué, para que se hagan una idea de ¿Qué era lo que comía?, solo me faltó la bolsita plástica donde lo metían.

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4 pensamientos en “La carreta roja de Sebastián.

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