El domingo que morí.

Un día más, me pongo de pie, veo a mi ventana, veo a mi esposa; es muy temprano, pero ¿No se por qué, exactamente?, tengo la urgencia de sorprender a la mañana, me invita el aroma del jardín, el aroma a pasto mojado ya que anoche llovió con ganas, tengo en mi corazón esa ilusión, esa dulce sensación de que las cosas van a mejorar, trato de salir sin hacer ruido para no despertar a Aliz, ya que ella aún duerme plácidamente; es muy temprano, casi que salgo a oscuras, por fin llego a la puerta del apartamento; me asomo, camino un poco mas, salgo del apartamento e inmediatamente quedo junto  a las escaleras, mismas que sutilmente me ofrecen su estructura, para que me recueste e inicie a admirar ese amanecer que poco a poco, va iluminando Guatemala, nuestras vidas, el complejo de edificios de apartamentos en el condominio en que Aliz y yo hemos sido felices por muchísimos años.

Permanezco largo rato admirando el amanecer, solo, pero acompañado de mis pensamientos, pensando en lo que a mis cincuenta y tantos he vivido, he olvidado, he ignorado, he dejado de vivir; un amanecer de domingo que me invita a la reflexión, que me invita a disfrutar, que me dice, la vida es en éste momento ¡Sólo vívela y se feliz!; ya la luz del día se va apoderando lentamente de todo lo que hay a mi alrededor, cuando salí no vi detalles que en este momento veo, esa luz, que traviesamente atraviesa las ventanas del dormitorio, esa luz a la que he sorprendido muchos amaneceres a lo largo de mi vida.

Antes de regresar al dormitorio, me atrapa un pensamiento que siempre me ha preocupado, recién terminé un contrato con una empresa, mismo que por la misma situación que atraviesa nuestro país, no le fue posible renovarlo, eso me preocupa, me perturba, me molesta, me agota, porque los fondos con los que cuento cada vez se hacen menos.

De salud como decimos los chapines, siempre he estado dos que tres, el estrés que me provocan las preocupaciones me hacen vivir ciertas molestias, que todo queda en presión alta, pero nada que requiera un tratamiento largo y fijo, menos mal, ya que hoy en día las medicinas andan por las nubes.

Me dispongo a regresar, escucho a Alyz, haciendo algunos ruidos en el dormitorio, mismo que me da el impulso de decirle ¡Buenos días dormilona!, y ella sólo responde y apenas se le entiende ¡Buenos días mi amor!; me comenta lo bien que durmió, y yo le respondo yo también, pero no se por qué, tenía ganas de salir a admirar el amanecer y eso hice desde muy temprana hora, y ella sólo dice iQué loco sos!, ¿Y no tenías frío?, a lo que le respondí, si, tenía algo de frío, pero al final estuvo rico.

Yo trato de agenciarme de algunos fondos, comprando y vendiendo antigüedades, mismas que me han ayudado no sólo en los gastos de la casa, sino también me bajan un poco el estrés, sólo de saber que nos ingresan de alguna manera, algunos lenes; el día transcurre como todos los domingos, veo algunos vecinos jugando con sus niños, en tenis y pants; veo a las señoras con sus canastas, apresuradas para el mercado y todo transcurre con cierta normalidad; en el parqueo de vehículos; el sol no deja ni un espacio con sombra; yo salgo a revisar mi vehículo, para que siempre esté en óptimas condiciones, estoy un rato revisándolo, limpiándolo, pero me atrapa una escena que descubro, veo cómo dos pajaritos juegan en el suelo, y me causa gracia, y sólo puedo exclamar ¡Qué maravillosa es la naturaleza!; regreso con mi labor de la limpieza del vehículo, y al fin termino, por cierto ¡Ya hace hambre, posiblemente es como la una de la tarde!, veo a personas con paquetes de tortillas, y mi olfato atrapa ese olor delicioso de cuando están haciendo tortillas.

Regreso a casa, mi esposa Alyz, me espera para almorzar, y me recibe con un ¡Tengo listo el almuerzo!, ¿Qué dices comemos?, date prisa, ya que las tortillas están como te gustan, ¡Bién calientitas!; nos disponemos a comer, la comida está deliciosa, Alyz, siempre ha cocinado muy bien, platicamos de todo un poco durante el almuerzo, nos reímos hasta de lo más mínimo, curiosamente se nos dio por comentar todo lo divertido que vivimos cuando fuimos novios, y disfrutamos hasta más no poder; al terminar de almorzar le dije dentro de un rato creo que tengo necesidad de hacer una buena siesta y así lo hice.

Es aquel tipo de siestas, que uno duerme tan profundo que hasta sueña, pero eso si, nunca se recuerda de los detalles del sueño.  Me dispuse a hacer la siesta más cerca de las dos y media de la tarde y cuando desperté y veo el reloj, ya pasan las cuatro de la tarde, al despertar me invadió un antojo, de un delicioso cafecito, calientito y aromático, pero acompañado de panito de manteca.  Y así lo hice después de mi renovadora siesta, salgo rápido para la panadería muy cercana al condominio, y selecciono exactamente lo que saciaría mi antojo, así como el pan que le encanta comer a Alyz;  en el camino de regreso a casa, venía pensando en la bendición que la vida nos dio con Alyz, que a pesar de pertenecer a religiones diferentes, eso no fue impedimento para amarnos y entendernos plenamente, cuando ella tenía reuniones con miembros de su religión en casa, yo le ayudaba en todo lo que podía, y recuerdo que los asistentes, siempre comentaban agradecidos por la manera que les atendía, diciéndome en todo momento, que era un excelente anfitrión, en fin ya me quedan muy pocos pasos para llegar a casa, ya voy imaginando el deleite que me iba a dar con mi taza de aromático y buen café.

Pensando en eso estoy, cuando empiezo a sentir un extraño dolor, que no había sentido con anterioridad, muy parecido a cuando uno se toma una pastilla y no toma suficiente agua, en más de un momento pensé, el almuerzo me hizo mal, ya que todo parecía ser un malestar estomacal; sigo caminando, el dolor se instala prácticamente en mi, siento dolor en el cuello en los brazos, es un dolor agudo, que sorpresivamente empieza a desaparecer, pero junto con el dolor también va desapareciendo el brillo de esa tarde que pasaba ya de las 17:00 horas, la bolsa de pan, la apreté un poco más ya que sentía, que me desplomaba, como en cámara lenta; logré ver mi casa, el rosal que adorna una de las ventanas.

Curiosamente llegué junto al parqueo de mi carro, en el que me apoyé, el dolor desaparecía en la medida que yo sentía flotar, mi instinto de alguna manera me hizo abrazar mi carro, ese que me acompañó y conoció muchas de mis preocupaciones; en ese momento sólo a el tenía a mi lado, recuerdo cómo algunas personas que venían caminando a algunos metros frente a mi, me vieron, se impactaron y luego se fueron borrando de mi vista, e inicié un viaje de luz, un viaje al mas allá, un viaje de esperanza, ese último viaje que hacemos los seres humano.

Un infarto fulminante, fue lo que venció mi licencia de vida, yo Jorge Secaida, me despido de este mundo, de esta vida, fui feliz, viví muchas cosas, pero me arrepiento de haber dejado de vivir otras, por estar invadido por las preocupaciones y penas de todos los días; ese fue el último domingo de mi vida, nunca pasó por mi mente que terminaría ese día así, y mucho menos que mi vida cerraría el capítulo final de esa manera, nunca imaginé que la despedida con el amor de mi vida y mi esposa Alyz, sería en un simple, ¡Ya regreso!, segura que no queres nada más…

Este post se lo dedico a Alyz y su familia; por la reciente partida de Jorge Secaida, ya que para mi, estas historias me impactan, ya que vienen a confirmarnos que la vida es muy frágil, en cuestión de segundos nos cambia, por eso y por mucho más, debemos tomar la fuerte y sólida decisión de ser felices; dejemos a un lado, las peleas, las preocupaciones, las enemistades; todos vamos a morir en algún momento, pero ¿Sabe qué?, “Que nos llegue la muerte ¡Viviendo!”.

La fotografía que ilustra este post es del vehículo de Jorge Secaida, mismo que les menciono en el desarrollo de la historia, detrás del mismo, Jorge vivió los últimos instantes de su vida.

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2 pensamientos en “El domingo que morí.

  1. Valla Raul que historia mas impactante, eso digo yo que debemos de hacer vivir la vida, pero llega mi fin de semana y me encierro en mis quehaceres de toda la vida, me llaman y me dicen ven a comer aquí con nosotros, y que les respondo que no, porque tengo que hacer esto o hacer aquello. Cuando leo estas historias pienso tantas cosas y digo cambiare mi forma de vivir y sigo igual.

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