Recuerdos cuaresmales de mi infancia.

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Cuando era niño, en la agenda de las tradiciones cuaresmales, hoy miércoles santo, era el día en el que se armaba a Judas, una especie de muñeco hecho con relleno de hoja seca de banano y plátano, lo vestían con un atuendo que alguien ingenioso había adquirido quien sabe de quién; las manos, los pies y la cabeza, tallados en madera y pintados de un color rosado bastante fuerte, el pelo pintado de negro con sus respectivas patillas, ah, y sin olvidar las botas de vaquero tan características en aquel muñeco, considero que no medía menos de 2 metros de alto; y todo ese trabajo se realizaba en una bodega o casa vacía.

A eso de las 5 de la tarde, uno de los señores encargados de la actividad, saca en hombros de manera veloz a ese personaje elaborado con tanta paciencia y dedicación, los niños corren detrás de él gritando al unísono ¡Pan para Judaaasss, pan para Judaaaas! y van por las casas vecinas recolectando el tradicional y especial pan elaborado en Semana Santa; la única gracia que el personaje tenía era que cuando las personas salían a abrir su puerta principal, se encontraran con alguien que podía causarle un gran susto al más despistado, ya que quien lo llevaba en hombros, ni bailaba, ni hacía nada más con él, opuesto a lo que se acostumbra hoy en día.

Recuerdo a mi hermano menor, su carita de horrorizado al ver llegar a casa a Judas, cuando lo miraba aparecer corría gritando escandalizado de terror, cual película ochentera de miedo; ah, y por supuesto que el resto del año ello nos servía a sus malévolos hermanos para que cuando se portaba rebelde, con decirle “Ahí viene el Judas, te va a llevar el Judas o sencillamente Juuudaaaaasss veníííí! ese niño berrinchudo, se convirtiera en el niño mejor portado de todo el planeta.